8 de diciembre de 2006

AQUEL HOMBRE BUENO QUE FUE...

Emilio nos dejó hace unos días. Ahora ya ha dejado de sufrir. Hoy esparcen sus cenizas por el mar, en Málaga. Yo no soy capaz de decir nada más bonito y sincero que lo que ha dicho Eider de él en su blog. Comparto el cariño que Eider y muchos otros sienten por él, por eso lo copio aquí.

Creo que el final de cada uno de nosotros no será distinto al de por ejemplo, una flor de la pasión. Creo que después no hay nada más. Nada. Creo que de nosotros solo quedará aquí las obras o recuerdos en los que nos rodean.

Creo por lo tanto que poco podemos hacer ahora, mas que recordarle con cariño y poner en práctica lo que aprendimos de él: Ponernos un sonrisa siempre y pegarsela a los que nos rodean. Hacer esfuerzos por ser felices.
EIDER: "Estaba empezando a escribir todo lo que me ha pasado esta última semana cuando Antonio se ha conectado. Me tiemblan los dedos sólo de recordar la conversación. Una noticia muy triste ha sobrevolado el pozo para dar justo en el corazón, donde más duele. Una gran persona ha dejado de estar entre nosotros.

Conocí a Emilio hace ahora unos seis años. Trabajaba en La Latina y era uno de los camareros más enrollaos. Una birra fresquita, una sonrisa y una respuesta de buen rollito. Poquito a poco nos conocimos mejor y empecé a quererlo como a un buen amigo. La verdad es que no hacía falta mucho esfuerzo para ello; era muy fácil quererlo. No me enteré que estaba enfermo hasta más tarde. Me acuerdo perfectamente quién, cuándo, dónde y cómo me lo dijo. Y me acuerdo, también perfectamente, que fue como una agujita que te pinchan directo en el corazón. “¿Pero por qué?”.

En fin, hemos hecho muchas cosas juntos desde entonces y no recuerdo ni siquiera un instate de debilidad en su cara. Siempre tan fuerte, aparentando que todo iba sobre ruedas incluso en los momentos que realmente todos sabíamos que estaba sufriendo lo impensable. “¿Por qué no muestra su dolor? ¿Por qué no deja que nos preocupemos de él?”... Fue esa maldita lucha interior la que te fue dejando sin fuerza... la que te devoró...

Emilio, te he querido mucho cuando estabas aquí y tengo la absoluta certeza de que tú también lo hacías; y ahora te recordaré como tanto te gustaba a ti: una mesa llena de comida, una botella del mejor vino, risas en las caras y mucha salud. Supongo que por fin te tocaba descansar; y qué mejor manera que cerrar los ojos y decir “hasta aquí hemos llegado”.

Fuiste tú quien me habló de las orejitas de mar; todavía guardo la que me regalaste en aquella moraga que celebramos en la malagueta. Cada vez que la coja entre mis manos te susurraré cualquier cosa bonita que haga estallar una sonrisa en tu cara, y conseguiré sacar fuerzas desde el interior para reir contigo... ¡Dios, no me creo que no vaya a volver a verte! No me creo que te hayas ido... pero las lágrimas que recorren mis mejillas me dicen que así es, que no se puede hacer nada contra la muerte.

Me han dicho que estabas en la playa cuando pasó. Al menos, a todos los que te queríamos, a todos los que sabíamos el amor platónico que sentías por la mar, nos tranquiliza que te marcharas estando cerca de ella. Todo el mundo debería morir cerca de lo que ama. ¡Lo siento! ¡Siento mucho haber estado tan lejos! Una fuerza interior me estruja el estómago y la única manera de intentar compensar el hecho de no estar ahí, es dedicándote estas líneas. No es nada, y es todo lo que te puedo dar. Lo demás va a través de los sentimientos, a través del Universo, directamente desde mi corazón hasta el tuyo.

Gracias por todo, amigo. ¡Hasta siempre!

Lo siento tanto... te quiero mucho, Emilio."


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